Nuestros sueños, aunque nos resulten absurdos o incomprensibles, penosos o placenteros, rara vez nos dejan indiferentes, como si intuimos que nos quieren revelar un mensaje que no logramos descifrar; ellos representan un enigma. Sin embargo, si partimos de la idea freudiana de que el autor de toda la dramaturgia de nuestros sueños somos nosotros mismos, estos serían una vía de acceso a aquellos sentimientos y pensamientos que siendo inconscientes, y justo por ello, influyen de manera subrepticia pero fundamental en nuestras vidas. Freud, el autor de Die Traumdeutung – La Interpretación de los sueños, los llamó “la vía regia al inconsciente”.
Un día del verano de 1985, le escribía a su entonces amigo, confidente, destinatario de su propio auto-análisis y testigo del nacimiento del Psicoanálisis, el Dr. Wilhelm Fliess, que algún día una placa será colocada en su casa de Viena con esta inscripción: “En esta casa (…), el secreto de los sueños le fue revelado al Dr. Sigmund Freud”, revelación que no sólo le permitió entender el sentido de los sueños, sus significados ocultos, su lenguaje propio y los mecanismos de su producción, sino que lo llevó a comprender el funcionamiento de nuestra psiquis. Los sueños de la noche – puesta en escena de aquello con lo que en la vigilia no queremos o no podemos confrontarnos- son, incluidas las pesadillas, una realización de nuestros deseos inconscientes.

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