Cuando alguien emprende una psicoterapia o un psicoanálisis, lo hace porque algo no va bien, porque algo hace sufrir. Puede ser una inhibición que impide hacer lo que se desea, un dolor que insiste, pensamientos que vuelven una y otra vez, ese conflicto con la pareja que no cesa, un duelo que no se termina, una angustia; necesita arreglarlo, deshacerse de lo que le molesta para vivir mejor, sacarse el síntoma de encima. Necesita hablarle a alguien que lo escuche, encontrar, al fin, una causa y un sentido, y dar un valor a lo que vive, comprender y cambiar las cosas. Y esto sucede, mientras una historia se va contando y recontando – “la novela familiar del neurótico”, decía Freud – las marcas recibidas, palabras que dejaron huellas, escenas que no se olvidan.
Pero mientras una persona le habla al psicoanalista —que escucha de un modo específico—, le habla sin la presión de la coherencia ni del juicio, sucede algo más. Lo que traía como una disfunción se revela como su modo de funcionamiento. El síntoma que se quería eliminar cobra un sentido: se presenta como un mensaje a descifrar, y también ocupa el lugar de una satisfacción que no encuentra cómo realizarse. La angustia protege de una angustia mayor y nos señala el camino de un encuentro con el deseo.
Y es en medio de este trabajo que comienza a entreabrirse la posibilidad del encuentro con una cierta verdad tras la cual aparece lo singular de cada uno.

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