Hay una brecha entre “la convención del día” y “la verdad de la noche”. De esa grieta emana la sexualidad como el magma de un volcán en erupción, o duerme en ella, como una amenaza permanente de destrucción y creación.
Sentimos que lo sexual siempre se las ingenia para entrar en contradicción con nuestra vida civilizada, con la identidad definida, la elección adecuada. Lo sexual rehúsa someterse a la norma y a lo conveniente.
Los discursos sobre la sexualidad abundan. No obstante, persiste algo indescifrable en lo sexual y el carácter problemático de la sexualidad se revela cada vez. La pareja y sus conflictos, la multiplicación de identidades sexuales, la insatisfacción social y personal, dan cuenta de ese conflicto inherente.
Freud incluyó la sexualidad infantil, las perversiones sexuales y las causas sexuales de las neurosis en su comprensión de la sexualidad. Con ello, amplió y extendió el concepto de sexualidad: todo es susceptible de ser sexual.
Del cuerpo erógeno a las fantasías y los síntomas psíquicos, del autoerotismo al otro sexo, más allá del placer – al goce y la pulsión de muerte, la sexualidad humana, no se limita a lo genital; comienza a formarse desde el nacimiento y se expande y penetra en toda actividad de los seres humanos, como una de las fuerzas fundamentales que nos mueve.

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