Desde aquella carta en la que Freud le cuenta al Dr. Fliess, su entonces amigo y destinatario de su autoanálisis, haber descubierto en los recuerdos de su más temprana infancia en sí mismo a un pequeño Edipo, tomando por referencia al héroe de la tragedia de Sófocles – Edipo rey, varias obras de la literatura y de la plástica, e incluso sus autores, fueron interpretados por él: Dostoevsky, Leonardo da Vinci, el Hamlet de Shakespeare, lo ominoso de Hoffman, y no se ha dejado de entrecruzar el psicoanálisis y el arte de múltiples maneras. El Arte también se ha permeado del psicoanálisis, y no sólo de manera más evidente como en el surrealismo o en el cine, que coincidieron con su nacimiento. Y además son conocidas las zonas de encuentro entre el arte y la locura, la locura de los artistas y la obsesión del arte por la locura, como también el valor de la creación para aquellos que encuentran en ella un modo de expresarse, reconocerse, armarse.
Y sin embargo, la íntima relación del psicoanálisis y el arte, su relación interna, no parece explicarse con ello.
Freud mismo, aún habiendo aplicado los conceptos psicoanalíticos a las obras y a sus autores, no dejó de darle la primacía a los artistas:
“Los artistas son aliados valiosísimos pues suelen saber de una multiplicidad de cosas entre cielo y tierra con cuya existencia ni sueña nuestra sabiduría académica. (…) Y en la ciencia del alma se han adelantado grandemente a nosotros, hombres vulgares, pues se nutren de fuentes que todavía no hemos abierto para nosotros”.
Y Lacan, retoma esto en el homenaje a Margarita Duras sobre Lol V. Stein:
la única ventaja que un psicoanalista tiene derecho a sacar de su posición, incluso si ésta le fuera reconocida como tal, es la de recordar con Freud que en su materia, el artista siempre lo precede, y que, así pues, no tiene por qué hacer de psicólogo allí donde el artista le facilita el camino.
Y nosotros nos quisiéramos ubicar sobre todo en este punto, donde la obra de arte es ya una interpretación y por lo tanto no se trata de aplicarle conceptos, de llegar a ella con un saber, sino extraer de ella misma su propia invención, su propia manera de ser, y permitirnos ser afectados por ella. Por cierto, lo mismo pasa en el psicoanálisis como práctica clínica, donde los casos, que es cada caso, en su singularidad, pueden cuestionar o cambiar las teorías, justamente porque no se trata del saber teórico del analista, sino de permitir que el otro, el analizante pueda revelarse lo más posible.
Llevándolo a la actualidad parecen ser los dos espacios privilegiados para el encuentro consigo mismo, con algo radicalmente propio, fuera del sentido común, de las normas, de lo que se debe, como una cierta pausa, un cierto paréntesis en nuestra existencia, que es a la vez una apertura de sí mismo, y quizás porque ambos tratan con un objeto bien particular, que son los lugares más oscuros, menos domesticados de nuestra humanidad, y quizás ese tiene que ver con algo bien particular, que es el aspecto más dramático de nuestra existencia: qué es lo que buscamos, qué nos mueve? Por fuera de lo que se espera de nosotros, de lo que nosotros mismos nos imponemos o proponemos como ideales, normas, objetivos. Por eso ambos tienen un carácter transgresor, le dan vuelta al orden establecido de cómo se entienden las cosas.
Y por eso, les propongo tirar del hilo que nos lleva directamente a la experiencia: la experiencia del arte, la experiencia psicoanalítica – algo que experimentamos, experienciamos: la experiencia de la creación, la experiencia de lo inconsciente. Y esto ya nos abre un mundo, múltiples mundos!, porque una experiencia es algo que hace aparecer lo nuevo, sobretodo lo impredecible, la sorpresa. Lo que trastoca al ser, y a la nada.
En el arte como en el psicoanálisis el modo en que ese algo emerge, resulta enigmático; esa sorpresa, esa novedad, la que irrumpe y esa que va construyéndose imperceptiblemente, (la invención del artista y la sorpresa del espectador que es un participante, un personaje más, como en la singular relación del analizante y el analista), eso no se deja atrapar completamente en un cálculo, en una fórmula, en una comprensión cabal, tiene algo de azaroso. ((Lo que va a surgir en el encuentro con una obra, o con un material o con analista, que es también el encuentro con algo de uno mismo, tiene una parte azarosa). Y hay que estar abierto a esa oportunidad, a ese azar para que tenga lugar. A este enigma los artistas lo han llamado inspiración (inspiración divina, musa, vocación, llamado del más allá, como algo que los trasciende), y los psicoanalistas – inconsciente. Los artistas también lo llaman Necesidad, lo que no pueden dejar de hacer para existir, mientras que en el psicoanálisis se habla de Deseo (deseo inconsciente). Un empuje, una pulsión. Fuente de la creatividad, del crear. Este crear es un “saber hacer”, le savoire faire: en el arte – saber hacer con el material: la palabra, el óleo, la piedra, el cuerpo… y las fantasías del artista, que toman forma en una obra; en el psicoanálisis se trata de un saber hacer consigo mismo, que es también con los otros, con la vida, en el borde de la muerte. Pero tanto en el arte como en el psicoanálisis es vérselas también con eso otro que nos habita, extraño e íntimo, fijo y móvil, que se repite, insiste y se escabulle, que toma forma en el síntoma que padecemos, en los sueños que vemos, en las contradicciones que vivimos… y en nuestras fantasías, las que nos hacemos y esas otras, que nos van haciendo, ocultas a nosotros mismos.
Las obras de arte causan un efecto en nosotros que no podemos desentrañar con facilidad. Se nos presentan como creaciones a descifrar, a interpretar, a experimentar, en la sensación, la emoción, las asociaciones, los pensamientos que despiertan en nosotros, y despertar es un verbo fuerte, pues uno despierta de un sueño y también sueña despierto. El proceso de la creación misma sin embargo queda oculto tanto como sus fuentes. Sólo nos son dados signos, figuras, símbolos, imágenes ya formados. Algo semejante ocurre con nuestras propias creaciones psíquicas: los sueños, las fantasías, los síntomas, la forma en que nos contamos nuestra historia, los recuerdos y los olvidos que, lo veremos, son como puertas y ventanas de acceso a nuestro mundo psíquico. El psicoanálisis es un modo de abrirlas, como lo es el arte.
En el justo inicio del siglo XX ve la luz “La interpretación de los sueños”, la obra de Freud que inició ese singular método de investigación de la psiquis, el que produjo una subversión en la comprensión de nuestra humanidad (Freud en su viaje a Estados Unidos dijo: No saben que les traemos la peste), al introducir en ella un territorio, una dimensión desconocida – el inconsciente: lo que desconocemos de nosotros mismos y sin embargo, y justo por ello, influye en nuestro comportamiento, vivencias y relaciones, podemos decir incluso, nos causa como sujetos.
¿Cómo un fenómeno como el sueño, que desde que la humanidad tiene memoria ha sido mensajero profético de divinidades o instrumento de espíritus demoníacos, según las épocas, o estudiado como hecho fisiológico por la ciencia que le quitó su valor simbólico para convertirlo en un fenómeno somático, de modo que su contenido, sus escenas, sus afectos, no fueron tomados en cuenta, entró en la ciencia de la mente humana con el estatuto de “la vía regia” al inconsciente, como algo que tiene un sentido, un lenguaje propio, mecanismos psíquicos de elaboración y una función para el sujeto?
Freud entendió el sueño como un producto de la vida anímica que se prolongaba en el durmiente, como una creación del sujeto, el autor de esa obra de teatro íntima. Tomó el relato que sus pacientes hacían de sus sueños, y los suyos propios, como un texto escrito en jeroglíficos, un texto que al descifrarse despliega una multiplicidad de sentidos relacionados con la historia y los conflictos del sujeto. Las escenas, imágenes y dichos que parecen absurdos o extravagantes, oscuros o retorcidos resultan de la deformación y el disfraz que practica la censura sobre el “contenido latente” del sueño. Lo que el sueño elabora a través de sus mecanismos: condensación y desplazamiento, o en términos de la lingüística, la metáfora y la metonimia, es un deseo: un deseo censurado, reprimido, inconsciente. De este modo, el sueño es una realización de un deseo que el sujeto no quiere o no puede reconocer como propio; el sueño es la puesta en escena de un conflicto psíquico. El conflicto, sabemos, es la base de toda dramaturgia. Y lo que el sueño trae es lo más cercano a la verdad del sujeto, su drama.
Y sin embargo, Freud no dejó de aludir a una zona insondable del sueño, un lugar en sombras, donde no hay sentido: la llamó el ombligo del sueño. El ombligo del sueño es como un imposible a interpretar, un límite a la interpretación. ¿Y por qué “ombligo”? – es la marca del nacimiento, la cicatriz, un lugar al que es imposible regresar, el origen del sujeto psíquico.
Pero a la vez es lo que permite que haya múltiples interpretaciones, una apertura, y por cuanto el sueño es ya una interpretación en sí mismo, como una obra de arte, se trata de escuchar sus mensajes.
Por esa época, la Europa victoriana estaba invadida por una epidemia. Principalmente mujeres, y como se vio después también hombres, sufrían de padecimientos que la medicina no lograba ni entender ni curar, llevaba el nombre de histeria. Parálisis, cegueras, cuerpos contorsionados, voces perdidas, sin causa orgánica alguna, alucinaciones, olvido de la lengua, un teatro de la locura; a estas pacientes las llamaban simuladoras. El Dr. Freud comenzó a tratar a pacientes histéricas, y una de ellas le dijo en una ocasión: “déjeme hablar a mí” y el Dr. Freud, con una vocación científica y poética a la vez, por su escritura fue galardonado con el premio Goethe, de quien era un apasionado lector, la escuchó, a Emmy von N., y a otros. Descubrió que estos síntomas tenían un sentido, que en esta simulación había una verdad, y el sentido estaba dado por un compromiso entre un deseo y su prohibición, la defensa contra ese deseo, los dos a la vez, o sea, que eran producto de un conflicto inconsciente. Es decir, que el modo en que se forman los síntomas tiene similitud al de los sueños, también él participa de los mecanismos de condensación y desplazamiento. El síntoma entonces es la metáfora de un deseo, un deseo reprimido que retorna en el cuerpo o en los pensamientos o en las acciones. Además de este valor significante del síntoma, tiene un otro, quizás de mayor peso aún, pues es el que hace que sea tan difícil renunciar a él y tiene que ver con la satisfacción. Por cuanto el deseo encuentra un obstáculo interno para su realización, el síntoma es la sustitución de esa satisfacción, por muy paradójico que suene, es de hecho un modo de satisfacción, que a diferencia de la fantasía, en vez de placer, trae molestias. Y es a través de la interpretación del significado de los síntomas que se puede llegar a modificar el modo en que alguien busca la satisfacción. Freud también reveló con ello lo que la moral social intentaba mantener oculto, por cuanto estos síntomas tenían un sentido sexual. Los síntomas dicen la verdad del sujeto, de su deseo, y de la sociedad en la que vive.
Sueños, fantasías, lapsus, olvidos, recuerdos encubridores, actos fallidos y chistes, todos esos fenómenos de la “Psicopatología de la Vida Cotidiana”, hasta entonces considerados como desdeñables o simples errores, cobraron dimensiones, un espesor, y una enorme riqueza de sentidos, de dobles sentidos. Son las llamadas formaciones del inconsciente. Sin embargo, siempre fueron el material del arte.
¿En qué actividad humana encuentra Freud un modelo de la creación artística? Es en los juegos de los niños: basta observar un niño absorto en su juego en el que crea un mundo a su antojo, encontrando en la materialidad de los objetos un apoyo para poner en juego sus fantasías. Al convertirse en adultos, preocupados por cosas importantes, ya no juegan abiertamente como en su infancia, pero para lidiar con la insatisfacción y las frustraciones que le depara la vida inevitablemente, han sustituido el juego por otra actividad, solo que esta la realizan en secreto y “prefieren confesar sus faltas, antes que sus fantasías” – cita Freud a Goethe. Los adultos en secreto fantasean. Y en secreto doblemente: no sólo porque se avergüenzan de sus fantasías y no las comparten con nadie, hasta llegar a contarlas quizás un día en ese espacio de profunda intimidad y confidencialidad que es el análisis; doblemente en secreto porque además de las fantasías que fabrican en su mente, también el adulto, como el niño, y el artista, es movido por fantasías de las que a penas puede tener noticia, pues son inconscientes, esas que toman forma en los síntomas y en los sueños, y es en el espacio de análisis donde estas se revelan, y también en las obras de arte. Sólo fantasean los insatisfechos, decía Freud, pero con esto indicaba que la insatisfacción es lo propio del deseo. No existe el objeto que pueda cerrar completamente la falta, siempre falta algo.
Si bien los adultos no juegan más como los niños, en cambio van al cine, al teatro, a los museos, y dedican horas a ver series y telenovelas. Allí es donde se encuentran, sin arriesgar, sin arriesgarse, con sus propias fantasías, con sus angustias, con sus temores y sus temblores. Y hay quien se pierde en una cantata de Bach, se mete en un cuadro de Van Gogh, vive con el Amante de Margarite Duras, lo estremece un poema de Tsvetaeva…trastocando así angustia en felicidad, también llamado goce estético. George Sand estremecida por la actuación de una actriz en una pieza de teatro, escribió: “sobre la escena, viéndola, veía mi alma”.
Mientras los niños juegan, los adultos eligen entre fantasear y actuar, y el artista, el poeta, no esconde sus fantasías, las pone en el acto creador, pone lo más íntimo de sí, sus angustias, su ser, sobre el lienzo, sobre las tablas, sobre el papel. El artista se arriesga. Se expone a sus contemporáneos y a la posteridad. Y no sólo tiene que separarse de los mandatos, los juicios, las voces que hicieron parte de su historia más inmediata, sus padres y aquellos que lo rodean, como lo tenemos que hacer todos los mortales, si pretendemos sacarnos el yugo del discurso del otro de encima, para construir un proyecto de vida lo más propio posible. El artista tiene todo el arte que lo antecedió, tiene todo el arte que le sucederá, para responder con algo propio. Pero más que nada tiene que vérselas con el vacío, con eso que no tiene nombre ni imagen, ese agujero negro de la angustia. ¿Cómo representar lo irrepresentable? ¿Cómo decir lo indecible? Quizás sea ese valor de osadía y transgresión lo que admiramos y con lo que somos capaces a veces de contagiarnos, sorprendernos, inspirarnos.
Con la angustia nos la tenemos que ver todos los seres humanos, no es un afecto que podemos desalojar, porque para hacerlo tendríamos que extirpar el deseo mismo. Mientras más cerca estamos del deseo que sentimos como demasiado osado o peligroso, y por lo tanto reprimido, inconsciente, transgresor, aparece la angustia como señal de posibilidad de realización del deseo. Como en los sueños de angustia, las pesadillas. O como en la película Stalker de Tarkovsky o la de Buñuel: ese oscuro objeto del deseo. El objeto de ese deseo está dentro de nuestra propia configuración fantasmática porque el objeto real se perdió para siempre en el momento mismo en que surgió la psiquis. Todas las obras se construyen alrededor de ese vacío, pero la tragedia más famosa, Hamlet, es el paradigma del deseo humano: Hamlet no actúa, está impedido de actuar, porque sabe, a diferencia de Edipo, lo que tiene que hacer. Y ese saber le viene de un espectro, de un fantasma, y no cualquiera, porque es el fantasma del padre, el padre de la fantasía. Hamlet queda capturado, alienado en el deseo del otro-padre, y en la ausencia de duelo de la madre. Su deseo vacila, como el deseo del neurótico. Hasta que no atraviesa el duelo por Ofelia, la pérdida.
La invención del inconsciente da cuenta del hecho de que el sujeto no es una identidad, no es idéntico a sí mismo, como la imagen completa que ve en el espejo, superficie en la que se miró Narciso y en la que se perdió, lo inconsciente dice que el sujeto no es uno, sino que hay algo en él que lo sobrepasa, lo excede, y por otro lado, lo descompleta. Para sostenerse en este desequilibrio, en este demasiado y demasiado poco, necesita anudar su cuerpo con su imagen, que le viene del otro, y con la palabra que lo nombra, que también viene del otro, una operación muy compleja de la cual se desprende toda la aventura y sus peripecias del ser y el existir.
El otro nombre de ese desequilibrio, de ese exceso en los dos sentidos, para el psicoanálisis es la sexualidad. Freud detectó dos grandes deseos humanos: el deseo erótico (ser amado) y el deseo narcisista (ser reconocido, que también es una forma desplazada de ser amado). Al descubrir el sentido sexual de los síntomas, se dio cuenta de que la represión recaía prioritariamente sobre los sexual, y se preguntó por qué, de hecho, se preguntó qué es los sexual. Qué es lo sexual en el ser humano en tanto que no se reduce a lo genital y se separa de lo reproductivo. La pulsión sexual humana tiene una característica que la diferencia radicalmente del mundo animal, es decir, de lo biológico, del orden vital (de la autoconservación y la prolongación de la especie). El objeto de su satisfacción y el medio de su satisfacción no está prefijado, puede ser cualquiera, y una vez formado, puede ser muy fijo. La sexualidad es algo que se forma desde el nacimiento y viene necesariamente del otro, el otro es quien implanta la sexualidad en el infante.
A medida que el psicoanálisis iba profundizando en su investigación, dio un giro radical en su concepción: este giro se llamó Más allá del principio del placer. El ser humano no sólo busca repetir vivencias de placer sino que también repite en su vida situaciones que le producen sufrimiento. De igual modo, durante el tratamiento los pacientes presentan resistencias y hasta sabotajes a su mejoría. La pulsión de muerte, la angustia de castración, el masoquismo primario son conceptos que vinieron a problematizar aún más nuestro mundo psíquico.
Cuando uno emprende un análisis lo hace porque algo no va bien, algo hace sufrir, puede ser un síntoma molesto, un dolor, ideas recurrentes, una inhibición para hacer lo que desea, o ese conflicto incesante con la pareja, o un duelo que no se cierra; necesita arreglarlo, deshacerse de lo que le molesta para vivir mejor, y necesita también hablarle a alguien que lo escuche, contarle su historia, encontrar, al fin, una causa, un sentido, dar un valor a lo que vive, comprender y cambiar las cosas. Y en la mayoría de los casos, a veces pronto, eso sucede, a saltos y paulatinamente. Es como una novela o una película que cuenta una historia, “la novela familiar del neurótico”, decía Freud. Pero mientras la persona le habla a ese otro que es el analista, con su modo particular de escucha, le habla sin la presión de la coherencia y la del juicio, sucede algo más. Resulta que lo que trae como una disfunción es más bien un modo de funcionamiento, que el síntoma es una creación astuta, el delirio es más lógico que el sentido común y que la angustia a veces protege contra una angustia mayor y enseña el camino del deseo. Y es en medio de esto que comienza a entreabrirse la posibilidad del encuentro con una cierta verdad tras la cual aparece lo singular de cada uno. Y también la alternativa de asumirlo y la decisión de jugarlo bajo el cielo estrellado del destino. Cuando la vida deja de necesitar justificarse y se vuelve capaz de afirmarse.
II.
En este paralelismo, tanto el arte como el psicoanálisis tienen un fin que se asemeja, pues es un fin abierto: fin como finalidad y como conclusión. Por el lado de la finalidad, ambos tientan esa pregunta, imperativo de nuestros tiempos: Para qué sirve? Cuál es su utilidad? Pues es seguro que ambos sirven para algo. Sin embargo, ni uno ni otro tienen una utilidad pre-determinada, al uso, /el diseño, Duchamp que le quita la función a un objeto/ sino una por descubrir, por producir, justamente en y por medio de la experiencia. Cómo no recordar a Auguste Rodin cuando dijo: es útil todo aquello que nos da felicidad. En cuanto a la conclusión, no hay artista que haya dicho en vida: he concluido mi obra. Claude Monet, ya hacia el final de su vida, pintó más de 250 nenúfares del mismo estanco de agua, el jardín acuático que creó en su casa de Giverny en Normandía. Francis Bacon en un período de 10 años pintó 50 variaciones al retrato del papa Inocencio X, que Velázquez pintó 300 años antes. Nadie que haya puesto fin a un análisis, se dirá curado para siempre, pero ya no será de la misma manera.
El Psicoanálisis y el Arte se nos presentan así como dos dimensiones de la existencia /transgresión y subversión / distintas al dominio de la autoconservación, al de las normas y las convenciones, incluso al de los bienes y de los placeres. Y no es que no estén atravesados por cada uno de estos órdenes de organización social e individual de la vida, y no participen en ellos, no se afecten por ellos e, incluso, no traten de ellos. Pero siempre en un cierto desfasaje, sin coincidir, y produciendo por ello un resto no asimilable ni a la adaptación ni al buen funcionamiento. Cada uno, a su manera, es una pausa, un paréntesis, un instante distinto en la concatenación de la vida ordenada por unas leyes que no votamos.
Por eso la pregunta – ¿Qué es el arte? – está en el centro mismo del proceso creador. El acto artístico y la pregunta qué es el arte son cómplices, dos caras de la misma moneda, o un único acto de tirarla hacia el cielo donde los dioses juegan a los destinos. Toda obra singular se realiza en respuesta a esa pregunta, respuesta asintótica, porque nunca la agota, y es relanzada cada vez en la siguiente obra. Y es que la pregunta misma, como esencial al arte, nos viene como constatación, como evidencia de aquello con lo que el arte tiene a ver esencialmente, con una falta, un vacío, una ausencia. La falta irreductible – nada la clamará – y constitutiva de lo humano, irreductible por constitutiva. Freud la llamó el objeto perdido, y Lacan la falta en ser, objeto a, lo real. Algo que es no es y justamente por ello causa el deseo del sujeto y produce el arte. Nunca nos encontraremos con el objeto total que cerrará nuestra falta, nunca accederemos a lo real directamente. Por eso hay arte. Por eso también hacemos psicoanálisis.
La pregunta – qué es el psicoanálisis tampoco encuentra una respuesta ni para aquel que está en el lugar del analizando ni tampoco para aquel que está en el lugar del analista, fuera de la experiencia misma, de la transferencia, como le llamó Freud a ese inevitable y necesario móvil de la relación analítica, la aventura del saber y del amor, las dos pasiones que se entrecruzan en un análisis. En primer lugar, porque cada análisis es singular, y cada sesión de análisis lo es, porque hace aparecer lo singular del sujeto, como lo es cada obra de arte. En segundo lugar, porque es en los efectos del análisis donde se capta, se experimenta su sentido, que es también encontrarse con el sin-sentido. Como en el encuentro con una obra que, por cierto, uno puede ir a ver o a escuchar infinitas veces, encontrando cada vez algo diferente, en ella que es en uno mismo.

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